Pieza de museo


Sir Bobby Charlton. Óleo. Peter Edwards, 1991.  Foto: Jero Martín

“Sir Bobby Charlton” I Óleo. Peter Edwards, 1991. Museo Nacional del Fútbol, Manchester I Foto: J. Martín

Desde hace años el fútbol viaja a una velocidad difícil. La velocidad de Internet, quizás. El gol de Götze en Maracaná o el cabezazo de Ramos en Lisboa quedan muy lejos, imaginemos los demás, víctimas de un calendario largo, este universo digital infinito y un mercado inmune que lideran ese puñado de clubes més que un club. Sin tiempo para digerir el éxito, el realista se descubrió fuera de Europa sin su portero ni su delantero centro y hasta el hombre que les metió en aquello ha sido despedido, mientras que el madridista empieza a olvidar que el jefe del equipo se largó a Múnich con la Liga empezada y un colombiano más lento que Di María le apartó del once. No lo tiene fácil la memoria, pero en Inglaterra, donde debe ser y donde más disfrutan de esto,  se ha encontrado tiempo y espacio para rendir un homenaje analógico al rastro que dejó el fútbol en el siglo XX.

El Museo Nacional del Fútbol de Manchester no es un templo en una ciudad tan marcada pero se entrega a piezas únicas para romper el hielo y todo aquel que ha gritado gol, aunque sea silenciosamente, hará bien en pasar por allí si visita la ciudad. De los primeros cromos que se regalaban en las cajetillas de tabaco Churchman´s  hasta las camisetas más grandes de la Copa del Mundo, el paseo da pistas para entender por qué todo esto se nos fue de las manos. 

Están los primeros reglamentos y otros objetos malditos que nos han traído hasta aquí, hasta el padecimiento y la adicción mal disimulada, la irracionalidad y el miedo. Está la camiseta de Pelé de 1957, que no ha perdido el amarillo, la camiseta azul de Le Qoq Sportif con la que el barrilete cósmico incendió un país y despertó en millones de niños el deseo incontrolable de regatear siempre. La diferencia entre Maradona y nosotros es que él siempre aseguró que no perdió de vista a su compañero en aquel gol de museo, Valdano. Debemos creerle.  Messi es hijo de aquello y también sabe bien dónde andan los demás. Incluso ahora empieza a pasarles la bola.

Por encima de todo, allí está metida una parte de los ingleses y de todos los demás: el football.

Hay balones de cuero y botas pesadas. Un homenaje al barro, a los días duros de la guerra e incluso a la prensa, el demonio, hasta el punto de observar de cerca el abrigo de John Motson porque sus padres y sus abuelos, y los nuestros también, vivieron un tiempo de las ondas, de lo que ellos dijeran. Hasta el punto de observar de cerca álbumes de vinilo con la retransmisión de finales de la BBC y darle en definitiva un sentido académico y sociológico. Por encima de todo, allí está metida una parte de los ingleses y de todos los demás: el football. El color de cada pueblo, la final de Wembley que ganó la roja en 1966, el momentazo de un país que no desfallece aunque quede en evidencia cada cuatro años porque esto es parte importante de su patrimonio y de su way of life.

En Manchester está el lugar que ha convertido al fútbol en pieza de museo.

"Coleman, Betmead, Cullis, Callaghan, Broome" I Primeros cromos

“Coleman, Betmead, Cullis, Callaghan, Broome” I Primeros cromos, Churchman´s cigarettes I FOTO: J.Martín

 

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