Si pudimos con Zidane, podemos con Dybala

Si pudimos con Zidane, podemos con Dybala


Para el madridista nacido después de 1975, la final contra la Juventus de Zidane y Del Piero disputada en Amsterdam fue la prueba de que todo era cierto. No solo existía en los fascículos de ABC. El Madrid de las Copas de Europa era material arqueológico para nosotros, el orgullo de abuelos y padres que afirmaban haber visto algo único y llamado Alfredo Di Stéfano. Por eso, el gol de Mijatovic es el gol más celebrado de la era reciente en Chamartín. Ni siquiera la volea de Glasgow se acerca a aquello. La pelota le llegó a Roberto Carlos en una de sus posiciones habituales y disparó, que para eso estaba programado aquel hombre skynet. Un defensa se interpuso en la trayectoria pero involuntariamente. El daño estaba hecho y el resto resultó fácil. El balón se quedó en un terreno donde solo podía quedar uno y llegó antes el montenegrino. Detrás de Pedja Mijatovic, en la repetición, pudo verse a Raúl girar el tobillo izquierdo en el momento del golpeo. Un gesto nervioso que todos repetimos desde el salón. Aún hoy la gente ve aquello y hace lo mismo, no vaya a ser que no entre. A punto de cerrar el siglo, el Madrid había vuelto, decían las crónicas.

Quienes vivieron tres décadas de nostalgia, con la final ante el Liverpool incluida, podrían dar fe, y quienes no lo hicimos solo recordamos que la Juve parecía mejor y que iba a ganar aquella final en 1998. De hecho, no la ganó de milagro. Se dice que la Juve tiene mañana más presión por el partido, pero yo recuerdo la que se jugaban Hierro, Redondo y compañía aquel día. A fin de cuentas, el equipo italiano juega en Cardiff  ante el campeón, una plantilla comandada por Cristiano, Ramos y Toni Kroos. Aquella sensación de poder era de la Juve entonces. Zinedine Zidane levantaría la Copa del Mundo pocas semanas después en París. Era ya aquella versión de gran zancada y fútbol poliédrico, por derecha, por izquierda, todo el cuerpo al servicio del balón, quién puede olvidar  aquella versión de Zidane que estaba a punto de coronarle con el Balón de Oro. A su lado Del Piero, talento puro en el día que los genios te matan. Estaba Inzagui, aún sin ser leyenda. Tal vez por eso las falló todas. Por detrás, Davids y Deschamps, gente aseada. Y en definitiva, el calcio y los recuerdos del Milan. Lo piensas y fue un milagro.

Esa condición de favorito está invertida, que nadie disimule. Que la Juve ha encajado solo dos goles. Da igual. Que Dybala es Messi. Da igual. Que Alves será volante. No importa. Este Madrid llega como un tiro (y con Carvajal) y tiene la costumbre de ganar las finales, aunque las juegue regular. Si venció aquella vez, qué tiene que temer mañana. Está por ver una derrota de este Madrid, como lo está verle firmar una final incontestable como la de 2000. Parece buena ocasión. Después de golear a Bayern y Atlético, caer en Cardiff sería una contradicción en los términos. Un equipo que ha sabido jugar de todas las maneras. Mañana tendrá el balón, tendrá a Luka Modric y el viento de la Historia a favor, pero todo el mundo sabe qué se siente cuando se adelanta la Juve. Empezaría una expedición a Mordor, un terreno que aporta un extraño placer a mucha gente, que nos haría firmar otra final de 120 minutos.  Dijimos hace un par de años que los jóvenes no conocían a la vecchia signora. Aún jugaba Pirlo y cayó el Madrid. Una muerte dulce y no la que pueda ofrecernos el pipa Higuaín. Pocas bromas con la Juve. Y menos con lo de Amsterdam.


FOTO: Tony Marshall, Getty.

 

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